viernes, 24 de octubre de 2008

La gran importancia de decir siempre la verdad….

La mayoría de los periodistas no están conscientes de la importancia que tiene el decir siempre la verdad; y las consecuencias que puede ocasionar una mentira, por más pequeña que ésta sea.

A continuación les presento una historia que explica la importancia de no mentir.

El perro y el conejo.

Como sucede en todas partes, en uno de tantos barrios vivían familias vecinas que se llevaban muy bien. El papá de una de ellas les compró un conejo a sus hijos. Los hijos del otro vecino, también le pidieron una mascota a su papá. El hombre les compró un cachorro de pastor alemán.

Con sencillez, el primero le comentó a su amigo que tenía miedo de que su perro se comiera al conejo de sus hijos, pero el otro le dijo: De ninguna manera. Piensa, mi pastor es cachorro.
Crecerán juntos, se llevarán bien.

Yo conozco de animales, puedes estar tranquilo, te aseguro que no habrá problemas.

Y, parece que el dueño del perro tenía razón. Los animales crecieron juntos y se hicieron amigos. Era normal ver al conejo en el patio del perro y al revés. Los niños estaban felices con la armonía entre los dos animales. Un día, el dueño del conejo fue a pasar un fin de semana en la playa con su familia pero no se llevaron al conejo.

Eso era un viernes.... El domingo, por la tarde, el dueño del perro y su familia estaban merendando, cuando entró el pastor alemán a la cocina. Traía el conejo entre los dientes, todo inmundo, sucio de sangre y tierra, por supuesto que estaba muerto.

Toda la familia se enfureció contra el animal y le pegaron de forma desmedida atándolo, después, a un árbol del jardín. Todos estaban muy preocupados pensando que su vecino había tenido la razón. No sabían qué iban a hacer.

Curiosamente les indignaba la falta de civilidad de su perro y cómo éste había procedido arteramente en cuanto se dio cuenta de que sus dueños habían abandonado a su mascota.
No había tiempo que perder pues en unas horas más sus vecinos iban a regresar. Todos se miraban y se preguntaban: ¿Ya pensaron como quedarán los niños?

El perro, estaba afuera llorando, lamiéndose las heridas. No se sabe exactamente de quién fue la idea, pero parecía infalible: Vamos a bañar al conejo, dejarlo bien limpio, después lo secamos con el secador y lo ponemos en la casita en su patio. Como el conejo no estaba muy roto, así lo hicieron.

Hasta perfume le pusieron al animalito. Quedó lindo, "parece vivo" decían los niños. Y allá lo pusieron, con las piernitas cruzadas, como conviene a un conejo durmiendo. Al poco tiempo vieron llegar a los vecinos. Notan los gritos de los niños... ¡Lo habían descubierto!
No pasaron cinco minutos y el dueño del conejo vino a tocar a la puerta.

Estaba blanco, asustado. Parecía que había visto un fantasma. -¿Qué pasó? ¿Qué cara es esa?-Le preguntó el dueño del perro.

-El conejo... el conejo... dijo el vecino.

-¿El conejo qué? ¿Qué tiene el conejo? ¡Murió!

-¿Murió? ¡Aún hoy por la tarde parecía tan bien!

-¡No, murió el viernes!

-¿El viernes?

-¡Sí fue antes de que fuéramos al mar; los niños lo enterraron en el fondo del patio, y ahora lo encontramos fuera!

La historia termina aquí. Lo que ocurrió después no importa, ni nadie lo sabe.

Pero el gran personaje de esta historia es el perro. Imagine al pobre animal, desde el viernes, buscando en vano a su amigo de infancia.

Después de mucho olfatear, descubre el cuerpo muerto y enterrado. ¿Qué hace? Con tristeza desentierra al amigo y va a mostrárselo a sus dueños, quizá esperando que le salvaran la vida.

No cabe duda que con frecuencia los humanos continuamos juzgando a los demás por las simples apariencias y los condenamos sin estar absolutamente seguros de los acontecimientos; sin verificar lo que realmente ha sucedido.

Otra lección que podemos sacar de esa historia, es la tremenda capacidad que tenemos de deformar la verdad buscando tramposamente la forma de evitar las consecuencias de nuestras malas acciones actuando siempre en busca de nuestros personales beneficios. Para enseñar a los pequeños a no decir mentiras, es indispensable que nos vean a nosotros comprometidos con la verdad, pase lo que pase.

Código para el cubrimiento del conflicto armado colombiano

Consideraciones:

· El derecho a la información es la condición fundamental para que los ciudadanos de todas las condiciones sociales tengan un conocimiento veraz, equilibrado y oportuno del acontecer local, regional, nacional e internacional. Por lo tanto nuestro compromiso político es con la sociedad y desde el punto de vista ético, con la verdad.

· Cuando cubrimos el conflicto armado, partimos de que cualquier información proveniente de un grupo armado, legal o que actúe al margen de la ley, frecuentemente es propaganda que busca favorecer sus propios y particulares intereses.

· Somos ciudadanos cuya misión profesional consiste en informar, teniendo en cuenta el bien común; el periodista es un servidor del interés general que concibe la información como un bien social. Repudiamos la violencia como método de resolución de conflictos pero es nuestro deber cubrir la guerra, sin ocultar o exagerar sus causas, contexto y consecuencias.

Por lo tanto:

1- Mantendremos una relación estrictamente profesional con nuestras fuentes de información, fundamentada en una actitud reflexiva y crítica. Rechazaremos tanto las discriminaciones y actos de coacción o intimidación, como los favores o privilegios relacionados con la difusión de información que comprometan nuestra independencia.

2- Realizaremos un particular esfuerzo por contrastar la información con los puntos de vista de distintas fuentes. Igualmente confrontaremos y comprobaremos afirmaciones hechas en entrevistas, ruedas de prensa o comunicados. Cuando no hayamos sido testigos de los hechos y accedamos a una sola fuente, explicaremos que se trata de una versión.

3- Por ningún motivo asumiremos funciones propias de los organismos de investigación o judiciales del Estado, ni de ningún centro ilegal de inteligencia, como tampoco de entidades humanitarias. Los periodistas somos informadores y no informantes; no podemos reemplazar a nadie, así como nuestra función es irremplazable.

4- No revelaremos la identidad o ubicación de nuestras fuentes si así lo solicitan, o cuando peligre su vida, situación laboral o social, o la de sus allegados, aunque esta actitud será la excepción y no la regla. El sigilo profesional es parte de las garantías de seguridad tanto para la fuente y el periodista, como para el flujo de información.

5- Respetaremos la vida privada y la intimidad de los ciudadanos implicados o afectados por el conflicto armado, siempre y cuando ese silencio informativo no menoscabe el interés público. En todos los casos, respetaremos el dolor de las víctimas de la guerra.

6- Utilizaremos un lenguaje adecuado en nuestros mensajes que desestimará los calificativos y adjetivos usados por los antagonistas del conflicto bélico. Hasta tanto no sea proferida la sentencia condenatoria de un juez, calificaremos de “presunto” al ciudadano acusado de cometer un delito, pues se le respetará el derecho a la presunción de inocencia. Por ningún motivo el periodista puede ser un instrumento de guerra.

7- Cumpliremos con nuestros deberes de disponibilidad y lealtad frente a los medios de comunicación, en el marco de la ética periodística que exige una información veraz deslindada del interés comercial, y hasta los límites que la seguridad señale. Para garantizar nuestra independencia requerimos salarios e instrumentos de trabajo suficientes y adecuados, así como medios de transporte ajenos a las partes del conflicto.

8- Advertimos que rutinas de trabajo generalizadas han determinado que solamente el cubrimiento y la redacción sean competencia del reportero, mientras las decisiones sobre titulación, edición y emisión o publicación, pertenezcan al propietario del medio y/o sus directivos. Por lo tanto no nos responsabilizamos del resultado final de la información procesada de esta manera.

9- Enriqueceremos la habitual agenda informativa sobre el desarrollo de la guerra con la esperanza, permitiendo que cualquier ciudadano exprese su voluntad y propuestas de paz. Entendemos la paz como el más importante resultado de la reconstrucción de todos los bienes de nuestra sociedad.

Cuando un grupo armado se cree con el derecho de utilizar, manipular o amedrentar a un periodista, lo hace bajo la creencia de que la razón proviene de las armas. Para el periodista, la razón proviene única y exclusivamente de la verdad.

Personas desaparecidas: ¡No se hace lo suficiente!



                      

El CICR, además, anuncia la publicación de un informe titulado Las personas desaparecidas: una tragedia olvidada, en el que se pone de manifiesto la trágica suerte —ignorada con demasiada frecuencia— que padecen las personas dadas por desaparecidas y sus familias en relación con un conflicto armado u otras situaciones de violencia. “Desde que los hombres libran guerras, ha habido personas dadas por desaparecidas”, dijo el señor Pierre Krähenbühl, director de Actividades Operacionales del CICR, durante la presentación del informe en la sede de la Institución en Ginebra. Todas las personas desaparecidas tienen su historia, a menudo trágica, ya sean civiles capturados, secuestrados o arrestados; prisioneros que mueren en situación de detención o en lugares secretos; víctimas de ejecuciones masivas, apresuradamente enterradas en sepulturas anónimas; hombres, mujeres y niños que huyen de los conflictos en desplazamientos masivos, separados de sus seres queridos durante años y años; soldados muertos cuyos restos son enterrados de forma inadecuada o cuyos cuerpos se abandonan sin identificar en el campo de batalla. “No se hace lo suficiente —según el señor Krähenbühl—. Es imperativo encarar esta tragedia y ayudar a las decenas de miles de familias de personas desaparecidas a esclarecer el paradero de sus seres queridos. Cuando no se sabe qué sucedió, si están vivos o muertos, se experimenta ansiedad, ira y un sentimiento profundo de injusticia; a los familiares les resulta imposible llorar a sus muertos y sentir el consuelo de poner un final a la situación”. El informe del CICR contiene testimonios personales y narraciones que describen la agonía y el gran sentimiento de pérdida que las acongojadas familias padecen durante años. “Aunque solo sea un esqueleto, no me importa: quiero que me devuelvan a mi hijo” afirmó Guliko Ekizashvili, una georgiana de cuyo hijo se sigue sin tener noticias, desde hace 14 años, después de que desapareciera durante el conflicto armado entre Georgia y la región disidente de Abjasia.El señor Krähenbühl subrayó que “los Estados y otras instancias pueden adoptar medidas concretas para evitar este tipo de tragedia desde el principio. A menudo, lo que falta es voluntad política para afrontar el problema”. Celebró también la aprobación, en diciembre de 2006, de la Convención internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas; un texto jurídico vinculante en el que se prohíbe la desaparición forzada. “El CICR insta a los Estados a que firmen, ratifiquen y apliquen este importante tratado lo antes posible”, declaró.La desaparición de personas a raíz de un conflicto es una cuestión sumamente emocional. Trae aparejadas numerosas experiencias sensibles, como la muerte, el amor, el contacto entre familiares, que son centrales en toda cultura y religión y que, en este contexto, la incertidumbre, algo que la gente de nuestros días acepta cada vez más difícilmente, relega a un segundo plano. Los familiares de las personas desaparecidas, las autoridades y el personal de organizaciones humanitarias están afectados por estas emociones, que los llevan a adoptar actitudes que no pueden explicarse racionalmente (por ejemplo, la reticencia a manipular restos mortales) y que pueden acentuarse por la tendencia creciente, al menos en el mundo occidental, a interpretar los problemas desde un punto de vista psicológico. Por lo demás, no es agradable, para los que efectúan la labor humanitaria tener que dar malas noticias, y en la gran mayoría de los casos de personas desaparecidas, las noticias son malas. Mientras la confianza en las autoridades decrece en todo el mundo, el personal del CICR vacila en comunicar a los familiares, sin una "prueba científica", que su pariente desaparecido ha muerto. Les puede parecer que, comunicando la noticia, han decidido que la persona desaparecida está muerta y que, por lo tanto, la han sentenciado indirectamente a muerte. El hecho de comunicar abiertamente a los familiares que la posibilidad de hallar a un ser querido con vida, o incluso muerto, es limitada, puede interpretarse como una falta de compasión. Creemos, no obstante, que el CICR debería evaluar objetivamente lo que es más conveniente a largo plazo para las familias afectadas. Por ello, debe ayudar a sus colaboradores a afrontar la tensión emocional que sufren cuando aplican este procedimiento. Los beligerantes y ex beligerantes manipulan y explotan la cuestión de las personas desaparecidas para perpetuar el odio, la movilización nacional o étnica y la exclusión de los "otros", para encubrir la envergadura de una derrota y para granjearse o mantener el apoyo internacional contra el enemigo. También aprovechan la angustia de los familiares los protagonistas en el ámbito internacional, a fin de sumar apoyo para la forma de resolución de conflicto por la que ellos abogan o, las organizaciones, cuando libran competencia para obtener más notoriedad, dinero e influencia, o para promover soluciones costosas e irrealistas (como la identificación sistemática de restos mortales mediante exhaustivas pruebas de ADN).

Cuestiones y dilemas humanitarios


En muchos contextos, poco después del fin de la guerra, el CICR sabe que casi todas las personas desaparecidas están muertas. Objetivamente, sería conveniente para los familiares aceptar este hecho cuanto antes e iniciar el proceso de duelo. Sin embargo, esa aceptación implica mucho dolor y pérdida de la esperanza de que el ser querido sea hallado con vida. Los familiares quieren creer que la persona desaparecida está viva y, por lo tanto, tratan de evitar todas las noticias, o encontrar razones para dudar de ellas, que indican la muerte, incluso sienten enfado no contra el mensaje, sino contra el mensajero. ¿Debería una organización humanitaria como el CICR destruir las esperanzas, cuando suele ser imposible saber con plena seguridad que una persona desaparecida está muerta? Inversamente, ¿puede el CICR perpetuar el sufrimiento, aunque sea por omisión, tan sólo porque no existe la certeza absoluta? ¿Debería el CICR dejar la decisión al albedrío de las familias? La primera opción, dejar que los familiares se aferren a la esperanza de que su ser querido está vivo, no es conveniente para ellos, si hay grandes probabilidades de que la persona esté muerta. La segunda opción, insistir en obtener una prueba absoluta de su muerte, también prolonga el sufrimiento en los muchos casos en que nunca se podrá contar con esa prueba. El CICR trabaja con la finalidad de salvar vidas, prestar protección y asistencia a las personas vivas, permitir que los familiares separados vuelvan a reunirse. Por ello, suele trabajar suponiendo que una persona desaparecida está viva y detenida. Poniéndose en contacto con personal del CICR, los familiares sentirán que sus esperanzas se confirman, lo cual impide que comience el proceso de duelo. El apoyo a los familiares puede realizarse de muchas formas, independientemente de si se debe suponer que la persona desaparecida está viva o muerta. Pero la información necesaria, los métodos empleados y las medidas que han de adoptarse respecto de los beligerantes son fundamentalmente diferentes cuando la búsqueda concierne a personas detenidas o a restos mortales. Por ello, creemos que, en cada situación, el CICR debería tomar rápidamente una decisión interna, basada en información fiable, acerca de si realmente cabe la esperanza de hallar a varias personas desaparecidas con vida, y emprender sus actividades en función de esa decisión.

miércoles, 22 de octubre de 2008

¨ LOS NIÑOS Y LA GUERRA ¨

¡No se puede cambiar el pasado, pero si el futuro de los niños en el mundo!

Todos los niños tienen derecho a vivir una infancia normal y a desarrollarse como seres humanos. Sin embargo, con demasiada frecuencia en tiempo de guerra, los niños son impotentes testigos presenciales de atrocidades.

Pueden sufrir en carne propia mutilaciones, encarcelamiento o ser separados de sus familias en otras circunstancias y, a menudo, tienen que huir. Separados de sus familias, los niños desamparados en las zonas en conflicto; corren el riesgo de ser reclutados como soldados. Privados de su entorno familiar, su futuro no les ofrece ninguna seguridad y nada saben del paradero de sus seres queridos.

En muchos países en guerra, es muy probable que los niños lleguen a ser soldados a causa de las condiciones sociales: violencia callejera, pobreza extrema y falta de estructuras de apoyo.

En estas circunstancias, alistarse en las fuerzas armadas o en grupos armados es un medio para conseguir un poco de protección y una condición social, y, quizás, el único para sobrevivir.

A menudo, con el alistamiento forzoso de niños en las fuerzas armadas o en grupos armados se pretende aterrorizar y chantajear a la población civil. Además de hacerlos participar directamente en las hostilidades, se utiliza a los niños, entre otras cosas, como espías, mensajeros o sirvientes, o se les explota sexualmente. De cualquier modo, son víctimas de abusos y están expuestos a peligros terribles.

Los niños soldados quedan apartados de su familia, privados de educación y de cuanto podría ayudarles a disfrutar de su niñez y a prepararse para la edad adulta. Uno de los motivos por los que se recluta a los niños es que son fáciles de manipular; no son del todo conscientes del peligro y no tienen un asentado uso de razón.

Provistos de armas letales, atiborrados de alcohol y drogas para incitarlos a la violencia irreflexiva, se crea en ellos la dependencia del grupo que los ha reclutado y, ante la incapacidad para encontrar una salida o atreverse a hacerlo, se hace de estos menores bombas de relojería que son un peligro para ellos mismos y para los demás. A la postre, estas vivencias causarán a los niños soldados traumas profundos que persistirán aun mucho después del término de los combates.

Cada año, se cuentan por miles los niños que son detenidos por su participación, voluntaria o forzada, en hostilidades. Esto puede conducirlos a situaciones difíciles de soportar, con consecuencias perdurables sobre su desarrollo.

En los conflictos armados internacionales, los menores con estatuto de prisioneros de guerra gozan de la protección dispuesta en el III Convenio de Ginebra y no pueden ser procesados por su participación en las hostilidades; cuando son considerados internados civiles, tienen derecho a la protección en virtud del IV Convenio de Ginebra de 1949, de su Protocolo adicional I de 1977 y del derecho de los derechos humanos.

En los conflictos armados no internacionales, la protección de los niños se estipula en el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra de 1949, en el Protocolo adicional II de 1977 y en el derecho de los derechos humanos.

Durante una guerra, los niños soldados pueden cometer atrocidades, pero ¿son responsables de sus actos ante la ley? Los adultos que obligan a un niño a participar en las hostilidades, o que consienten tal participación, son responsables de su reclutamiento y, por ende, de las consecuencias que de ello se deriven. Por otra parte, se puede imputar la responsabilidad de los niños soldados, como a cualquier soldado, por violaciones del derecho internacional humanitario.

En toda circunstancia, si el menor es prisionero de guerra o internado civil, en un conflicto armado, internacional o sin carácter internacional, en los Protocolos I y II adicionales a los Convenios de Ginebra se prohíbe la ejecución de la pena de muerte impuesta a personas que en el momento de la infracción tuvieran menos de 18 años.

Es crucial hallar soluciones más eficaces para que los niños no paguen el precio de tener que luchar en las guerras de los adultos.

Se debe poner en conocimiento de quienes reclutan menores que están infringiendo el derecho y que les incumbe, en gran medida, la responsabilidad de los actos cometidos por estos niños soldados.

Se debe reducir la vulnerabilidad de los niños al reclutamiento en las fuerzas armadas o en los grupos armados, mejorando las condiciones de vida de los menores. Por ejemplo, se pueden trazar programas para niños especialmente vulnerables, procurarles un entorno familiar estable y, cuando han sido separados de sus familias, reunirlos con sus familiares.

Se debe desmovilizar a todos los niños que, en violación del derecho, han sido reclutados y ayudarlos a dar con el paradero de sus parientes. Hay que ayudar a estos ex niños soldados a restañar las heridas de su niñez truncada y a avanzar hacia un futuro pleno de esperanza, a salvo de temores, amenazas y violencia.

LOS PERIODISTAS Y EL PERIODISMO DEL SIGLO XXI EN EL CONFLICTO ARMADO COLOMBIANO


“Es indudablemente más difícil perder una guerra que ganarla. Para ganar una guerra todo el mundo sirve, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta perder una guerra para sentirse un pueblo vencido. Algunos imbéciles, creen que Cristo está siempre con los que tienen razón, creen que es una culpa no tener razón, que es inmoral no tenerla, creen que un pueblo vencido es un pueblo culpable y que la derrota es una condena moral, un acto de justicia divina.

Las partes del conflicto sienten una delicada especie de complejo de inferioridad, que no se revela en la incapacidad de comprender y de perdonar las miserias de sus vergüenzas, sino en el miedo de comprender, en el pudor de admitir la miseria, la humillación y la desesperación de la sociedad que todos los días siente miedo y vergüenza de su propio pudor. La guerra sume a la sociedad de todos los países, en las abyecciones y degradaciones vergonzantes que todos tememos, miseria infinita, humillación inconcebible, cinismo e indiferencia moral.

La sociedad vive inmersa en la retórica de la libertad y la justicia, disimulando la podredumbre que oculta al negar la venganza contra el inmenso crimen de la guerra. Es una vergüenza perder una guerra; pero igualmente, lo es ganarla.”

Curzio Malaparte. (Montecassino, Italia 1.943)





La realidad de los periodistas y el periodismo en el conflicto armado colombiano; es más extraña que la ficción de cualquier literato. Aunque parezca imposible de creer, nuestros periodistas en el siglo XXI informan sobre la guerra con su escritorio como trinchera, pontificando sobre cosas que jamás han vivido o visto sino solo, en los libros de texto, televisión o cine, responsabilizando de los daños colaterales a una u otra de las partes sin prestar la debida atención a lo verdaderamente importante; como es el hecho que cada muerto, pertenezca o no, a cualquiera de los bandos en conflicto; es, “UN COMPATRIOTA COLOMBIANO”.

Nuestro conflicto, toma cada día graves visos de peligrosidad y amenaza con afectar a los países vecinos, confiriéndole un carácter internacional. Ante esta realidad, un gran sector de la opinión pública colombiana, asume la conocida actitud del avestruz, que en momentos de peligro, mete su cabeza en el hueco más cercano, para así evadir la situación. Esto, permite que una minoría al margen de las gentes de bien, maneje a su antojo la suerte y destino de 45 millones de colombianos.


Esta realidad, que pone sin lugar a dudas en grave riesgo el futuro de nuestra nación, hace que los periodistas del oriente colombiano, estemos obligados a tomar una actitud más decisiva en cuanto a la divulgación del D. I. H., y la denuncia de sus violaciones por parte de cualquiera de los actores en el conflicto armado.


La búsqueda de la paz, la convivencia nacional y la tolerancia, debe ser el camino a seguir en el futuro inmediato. Nuestro sufrido gremio, está en mora de fomentar la creación de un frente común, que agrupe a las fuerzas vivas de la sociedad civil; es decir, los no combatientes, donde indudablemente debe hacer parte, para dejar a un lado, la pasiva complicidad que con vergüenza ha llevado como pesada carga durante el último cuarto del siglo pasado y los primeros años del presente.


Los medios de comunicación en radio, prensa y televisión, han sido cómplices de la violencia gracias a la irresponsabilidad de algunos de sus propietarios; que han abierto micrófonos, cámaras y columnas, a ciertos “seudo-periodistas” que al convertirse en “victimarios” han prostituido la libertad de prensa para convertirla en una certera y efectiva arma que asesina tan cruel y despiadadamente como las balas de los bárbaros.


Este país macondiano, ha obligado al periodista que quiere ejercer su oficio con imparcialidad, objetividad y verdadero profesionalismo, a trabajar aprendiendo todos los días el difícil arte del acróbata, manteniendo un equilibrio que desafortunadamente lo margina de los grandes contratos publicitarios y en consecuencia viviendo práctica y dolorosamente en la indigna situación de “víctima” inocente, mendigando una pauta de publicidad gubernamental, condicionada a la venta por migajas, de sus principios.


El futuro, es aún más tenebroso. La agudización del conflicto y la polarización de los colombianos, nos auguran parafraseando al famoso líder inglés, que en los terribles tiempos de la Segunda Guerra Mundial, conmovió al mundo civilizado Sir WINSTON CHURCHILL, “sangre, lágrimas, fatigas y sudor”.


Las cifras de muertos no combatientes, aumentarán y los periodistas víctimas del conflicto seguirán cayendo bajo el peso de la orgía mediática, que como instrumento de propaganda, hace las delicias de quienes hicieron de la guerra su modo de vida y de vivir.


Pero, no todo está perdido. Aún nos queda la oportunidad de hacer un alto en el camino, redireccionando la ruta hacia el progreso y el desarrollo de una Colombia en paz. Por ello, proponemos pasar de la semántica de la guerra, al lenguaje de la reconstrucción de la sociedad en un nuevo país con oportunidades para todos.


Sugerimos la realización de un gran evento nacional que convoque a propietarios, directores de medios de comunicación, periodistas, comunicadores y agencias de publicidad para invitarlos a no ser ciego instrumento de los intereses de la guerra, de cuyas conclusiones, saldría un acuerdo general donde se plasme el compromiso y la voluntad del cuarto poder en Colombia para implantar por convicción, al mejor estilo del MAHATMA GANDHI, la no-violencia comunicacional, creando inclusive el día nacional de la no-violencia en los medios de comunicación.


Finalizamos nuestra ponencia, citando la frase que hizo famosa el DR. MARTIN LUTHER KING, poco tiempo antes de caer víctima de las balas de los bárbaros:


“Lo grave y doloroso en nuestra sociedad no es la maldad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos”.